Guía rápida para autofotos con temporizador.

28/julio/2010

Paso 1: Elegir un buen fondo.

Paso 2: Programar el temporizador de la cámara.

Paso 3: Sonreír.

Paso 4: Tener cuidado.

Paso 5: Llamar al 061    🙂

Visto en Digital Photography School

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El niño de la cometa

23/mayo/2009

El “niño de la cometa” podría ser la versión adolescente de “Arturo, el niño caraja”.

Una tarde de domingo, nos preparamos unos bocatas y nos fuimos a un parque en busca de la misma tranquilidad y calma que se llevó este niño en cuanto llegó.

niniocometa

Se pasó la tarde entera corriendo de un lado para otro; donde “un lado” equivale a cualquier punto y “otro” equivale siempre a nuestra posición. En terminos cartesianos podríamos decir que todos sus recorridos eran descritos por vectores que tenían como origen cualquier punto del espacio y como destino nosotros. Y cuando digo “nosotros” significa que unas veces nos pisó la mochila, otras veces mi pie, en otra ocasión mandó de una patada mi lata de fanta a tomar por culo…

Apenas tardamos dos minutos en cogerle el mismo cariño que se le puede coger a una rata con sida.

Y eso no es lo que tiene correr mirando al cielo. Eso es lo que tiene “estar sordo” o directamente “ser tonto”. Porque la primera vez te puede pasar. Y o te dicen “Ten cuidado, chico…mira por donde corres!!” y para la próxima tienes cuidado o directamente se da uno cuenta, sin que le digan nada, y pone más atención la próxima vez. Pero no hubo una próxima vez…

sino diecisiete!!!

(…)

Extraído con mucho cuidado de “El niño de la cometa y su fantástico mundo de torrija” – Editorial Puig Cóndor.


Arturo, el niño caraja (I)

1/marzo/2009

Quiero que localicéis en la foto siguiente, aproximadamente en el centro, un anuncio con forma de botella de vino. Un poco más abajo encontraréis dos personas que tiran cada una de una maleta. Pues bien, ahora mirad un poco a la derecha y veréis a un niño panoli que corre con los brazos lacios.

Se llama Arturo, aunque en el colegio la mayoría de los niños le llaman “carajote” a secas. Le encanta la plastilina de color blanca (con la de colores que hay… es carajote o no es carajote??!!!) y correr por el patio del colegio con los brazos lacios. Cuando llega a un extremo del patio, se para en seco y da dos vueltas sobre sí mismo. Como lleva los brazos lacios, estos hacen “efecto molinete” y “se les suben sólos hacia arriba”.

El otro día la tutora de Arturo llamó a sus padres y se entrevistó con ellos.

Los padres de Arturo llegaron al colegio, la tutora los hizo pasar a su despacho y les dijo con tono solemne que hicieran el favor de sentarse. Cerró la puerta del despacho. Ojeó el expediente escolar de Arturo, se detuvo ante la ventana y vio a Arturo en el patio corriendo con los brazos lacios al tiempo que gritaba “Pingüino de fuegooooo”. La profesora tomó aire, se giró, miró fijamente al padre de Arturo y dijo: “Su hijo es carajote!!!”.

La madre de Arturo esbozó media sonrisa y le replicó a la tutora: “¿Y para eso nos ha hecho venir? Dígame algo que no sepa!

La tutora se giró hacia ella y le dijo: “Su marido le pone los cuernos con la madre de otro niño!!!

A la madre de Arturo se le descompuso la cara al instante. Al padre de Arturo se le escapó un gritito. Y al fondo se escuchó a Arturo gritar preocupado: “Mamáaaa….. me hago cacaaaaaaa”.

(…)

Extraído con mucho cuidado de “Las inenarrables historias de Arturo, el niño caraja!” – Editorial Puig Cóndor.


Crónicas Ilustradas (I)

15/octubre/2007

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Esta foto la tomé hace un par de meses en un pueblecito de Noruega. Tratábase de un día festivo, cosa que ignoraba y que explica el amotinamiento masivo en aquel lugar, habitualmente vacío. Casualmente, y ajeno al detalle, pasaba por allí cuando de repente me encontré inmerso -y sin poder hacer nada por evitarlo- en una corriente de personas humanas a las que había que incluir una paloma moribunda, dos perros caniches y un peluquero que días atrás me cobró 30 euros (cinco mil pesetas) por cortarme el pelo. Todos ellos, completamente aturdidos como yo -especialmente el peluquero, tras la colleja gratuita que le propiné aprovechando el desorden-, fueron arrastrados hasta la calle principal sin opción alguna a cambiar de rumbo, dejándose llevar por el alud de gente.

El ingente río humano era de tal magnitud que durante unos minutos mis pies dejaron de tocar el suelo; hasta que una señora me pidió amablemente que hiciera el favor de bajarme del cochechito de su hijo, algo que acepté de mala gana pues cabíamos perfectamente los dos. Lee el resto de esta entrada »