Crónicas Ilustradas (I)

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Esta foto la tomé hace un par de meses en un pueblecito de Noruega. Tratábase de un día festivo, cosa que ignoraba y que explica el amotinamiento masivo en aquel lugar, habitualmente vacío. Casualmente, y ajeno al detalle, pasaba por allí cuando de repente me encontré inmerso -y sin poder hacer nada por evitarlo- en una corriente de personas humanas a las que había que incluir una paloma moribunda, dos perros caniches y un peluquero que días atrás me cobró 30 euros (cinco mil pesetas) por cortarme el pelo. Todos ellos, completamente aturdidos como yo -especialmente el peluquero, tras la colleja gratuita que le propiné aprovechando el desorden-, fueron arrastrados hasta la calle principal sin opción alguna a cambiar de rumbo, dejándose llevar por el alud de gente.

El ingente río humano era de tal magnitud que durante unos minutos mis pies dejaron de tocar el suelo; hasta que una señora me pidió amablemente que hiciera el favor de bajarme del cochechito de su hijo, algo que acepté de mala gana pues cabíamos perfectamente los dos.

En un momento dado, el desconcierto se apoderó del gentío, corriendo peligro no solo la salud de mujeres y niños sino la de los perros caniches y la paloma moribunda. Así que, en aras del bien común, opté por tomar las riendas de la situación y hacer algo. A falta de riendas, conseguí sustraer un par de relojes de pulsera y un teléfono móvil de última generación que no ayudarían en nada a cambiar la situación pero de seguro me alegrarían el día. Traté por todos los medios que se me ocurrieron, algunos de los cuales no parecieron gustar a algunas chicas, de calmar a la multitud en principio y a los novios de éstas en último lugar, que, a pesar de mi no menos afortunada disertación sobre las implicaciones existentes entre las caricias ingenuas y la disminución del estrés de la que hicieron caso omiso, decidieron emprenderla conmigo a golpes y patadas.

Afortunadamente la misma masa humana me sirvió de parapeto y me permitió emplear el arte del subterfugio para, sin ser visto, darles esquinazo y llegar así hasta un callejón apartado.

Con ello salvé mi vida y la de la cámara de video que hábilmente le tomé prestada, sin que se diera cuenta, al instigador de la cruzada callejera organizada en mi contra. Era un rubio de metro noventa de cuya novia tardaría mucho tiempo en olvidarme. No tanto por su culo, que accidentalmente había agarrado durante un par de minutos aprovechando un despiste del rubio y el de la propia moza por pensar que éste seguía cogiéndole el culo, sino porque la cinta que había en la cámara recogía, además de momentos de la festividad de aquel día, imágenes a todo color de un apasionado encuentro producido entre ambos la noche anterior. En un salón decorado -a mi juicio con mucho gusto- se podía ver perfectamente a dicha chica haciendo alarde de su buena forma física y flexibilidad, dando buena cuenta de ello sin ropa alguna (detalle que agradecí sobremanera).

En mi huída me dio tiempo a reflexionar sobre la inmundicia y la falta de buenos sentimientos de aquellas personas que habían estado a punto de acabar con mi vida en mi intento por mejorar en lo posible las suyas y las de sus mujeres. Más aún cuando no había recibido ninguna queja formal de ninguna de sus novias, una de las cuales me dio incluso su teléfono (que acepté encantado al ser mucho mejor que el que había sisado momentos antes, que resultó no ser de última generación). No logro entender la falta de civismo de la que hacen gala algunos, algo básico y fundamental para la convivencia en armonía de las personas.

Dejé las reflexiones para otro momento. Afortunadamente me encontraba a salvo y además contaba con una nueva cámara digital de 8 megapíxeles que le cambié a un incauto por un envase de biofrutas vacío. La cámara de 8 megapíxeles, flash incorporado y que contaba con la posibilidad de fotografiar en modo sepia, por el que tengo especial debilidad, haría las delicias del resto de aquel día. Un día del que guardo, a pesar de todo lo ocurrido, muy buenos recuerdos. Y mejores fotos!!

Valga como ejemplo esta otra foto, que es la misma repetida y en efecto sepia.

diafestivo-sepia.jpg

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2 Responses to Crónicas Ilustradas (I)

  1. dani dice:

    No se si es q nadie conoce tu blog o es q no te dejan comentarios, pero a mi tu blog es q me hace mucha gracia! No suelo entrar a menudo, yo creo que debido a que te tengo en un bookmark demasiado escondido…

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