Teoría de Fin de Año y Uvas

Con la misma entonación que el ya clásico pareado “Quien no se haya escondido, tiempo ha tenido” que ponía fin a la cuenta atrás en el juego de El Escondite, he gritado esta mañana a pecho descubierto, en un alarde de exhibicionismo, desde el balcón de mi casa: “Quien no se haya enmendado, el año ha gastado“.

Como poeta puedo tener un pase pero al parecer como exhibicionista no. Por este motivo he recibido al instante cariñosos improperios y varias pedradas. A los primeros he respondido cubriendo nuevamente mi pecho desnudo y a las pedradas he respondido perdiendo el conocimiento de forma repentina.

Se acaba el año. Para algunos puede ser motivo de alegría, los fabricantes de calendarios y almanaques, para otros puede ser motivo de tristeza o nostalgia, y para otros, entre los cuales me incluyo, es motivo de inquietud.

El 2005 fue, sin duda, el año de los poetas con talento. Supuso la eclosión de toda una generación de poetas con tacto (rectal, claro). Y ese fin de año, creyéndome por encima de todos los que se sumaron a la rima del cinco, brindé con media sonrisa en la boca ajeno a la rima y sin saber que el culo hincado en el 2005 sería el propio. Cosa, que dicho sea de paso, no tuvo gracia alguna.

El 2006 no rima con nada, al menos que entrañe peligro alguno. No obstante, uno ha aprendido a no fiarse de nada, ni siquiera de las rimas infantiles y por ello este año no brindaré con media sonrisa sino con un gesto totalmente inexpresivo. ¿Por qué inexpresivo? Muy sencillo: no sé poner cara de inquietud.

Pero antes del brindis, nos enfrentaremos una vez más a la tradición de las uvas. Una tradición que nadie sabe de dónde viene exactamente. La gente ingenua y fácilmente impresionable cree que la tradición comenzó a principios de siglo debido a los excedentes de uva que hubo ese año. Pero esto es totalmente falso. De haber sido así, ¿no habría sido mucho mejor emplear el excedente de uva en hacer más vino y haber celebrado el fin de año brindando todos con vino? La fiesta, sin duda, habría sido mucho más alegre para todos.

¿Por qué se celebra el fin de año comiendo uvas?

Como ya he dicho no se debe a los excedentes de uvas de principios de siglo. Si esto hubiera sido así la tradición no habría perdurado, como así ha sido, pues aquel año también hubo excedentes de pepinos y coliflores. Sin embargo, a nadie se le ocurrió celebrar el año nuevo con una coliflor en la cabeza y metiéndose un pepino en la boca al ritmo de las campanadas. Por tanto, la extendida teoría de los excedentes frutícolas queda descartada por absurda y peligrosa para aquellos que tienen la boca pequeña.

La tradición se basa en una idea mucho más acorde con la espiritualidad de las fiestas navideñas: la búsqueda de la paz.

Hace muchos años se reunieron filósofos, reyes y líderes espirituales de todo el mundo, y un estadista que pasaba por allí, con un objetivo común: alcanzar la paz en el mundo. Pero para ello diéronse cuenta de que primero debían acabar con las guerras, los enfrentamientos violentos, los asesinatos y otras bromas de mal gusto. En definitiva, había que acabar con la mala uva. Pero ¿cómo saber cuál de todas las uvas era la mala?

Los filósofos rápidamente postularon que esto era imposible. Los líderes espirituales, aunque también lo pensaban, decían sin embargo que sí era posible, bastaba con tener fe.

Fue precisamente el estadista, que había estado callado hasta entonces, quien propuso que la mejor forma, entendiendo por mejor la más probable, de acabar con la mala uva era que cada español se comiera un número determinado de uvas al año. Así alguno, da igual quién, se la comería en un momento dado acabando para siempre con ella.

Dado que a todos los españoles no les gustan las uvas, había que inventar alguna forma de garantizar el número medio de uvas eliminadas al año. Qué mejor forma de hacerlo que con una tradición, nunca fallan. Así pues, daba igual que hubiera españoles a los que no les gustaran las uvas. Por tradición, se comerían su correspondiente ración y entre todos acabaríamos, con toda probabilidad, con la mala uva.

Esto puede parecer una soberana estupidez. Efectivamente, lo es, pero la historia es bonita y eso es lo que cuenta. También es estúpida esa historia que pretende hacernos creer que tres reyes magos montados en camello llegaron a Belén siguiendo durante varios días una estrella fugaz, cuando todo el mundo sabe que eso es imposible. Las estrellas fugaces no se ven de día.

¿Y por qué doce?

Es obvio. Todo el mundo sabe que la unidad de medida natural de las uvas no es la docena sino el racimo. La conversión de medidas, esto es, pasar de racimos a docenas, es un auténtico engorro o coñazo, y mucho más si el tiempo corre en nuestra contra. Entonces ¿por qué comer una docena de uvas y no un racimo? Pues por tocar los huevos!! Sí, por tocar los huevos, dado que son estos los que generalmente vienen en docenas y no en racimos, como las uvas. Y esto, aunque no suela gustar que a uno le toquen los huevos, es una suerte. Humildemente creo que siempre será mejor celebrar el fin de año comiendo una docena de uvas que un racimo de huevos!.

Este año celebraré nuevamente el fin de año como siempre lo he hecho: con uvas y en cantidad de doce. Es la tradición, al fin y al cabo. Aunque, por lo que a mi respecta, algunas personas se podrían meter todo un racimo de uvas por el mismísimo …

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… método tradicional anteriormente citado, a fin de acabar cuanto antes con la mala uva y alcanzar la paz global y la felicidad mundial de una vez por todas.

Sirva esta teoría como una mera excusa para felicitaros a todos el año nuevo.

¡ Feliz año nuevo a todos y todas !

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